Vestidos y desvestidos poéticos de Francisco Muñoz Soler

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Por José María Cotarelo Asturias

Especial desde Granada, España

El Ateneo de Granada tan acostumbrado a recibir lo más granado de la poesía, de la narrativa, de la ciencia y de las demás artes, se vistió de gala para recibir a uno de los poetas más prolíficos y viajeros de España, Francisco Muñoz Soler. Un trotamundos, que por donde ha ido pasando ha ido editando y sembrando poesía, desde Guatemala a Italia, pasando por Turquía o Suecia, entre otros muchos países. Si tuviera que definirlo de un plumazo (dios me libre de tal osadía) quizá diría de él, que es un sembrador de palabras. Creo que la definición le viene como anillo al dedo. De hecho, la portada del libro que se presentó, “Signo y presencia” evoca algo así. Paco ha sido traducido a más de 20 idiomas y entendido en el suyo propio. Cosa que tiene su mérito, ahora que los tiempos andan a la gresca en no entenderse en nada. El acto contó con la presencia del poeta Manuel Peña que le dio la bienvenida en nombre del Ateneo e introdujo al poeta y al presentador. Manuel es miembro del grupo literario Letraheridos.

Muñoz Soler es un poeta integral que antepone siempre, como ya ha dicho algún crítico suyo, el compromiso ético a la belleza formal. En este poemario da buena cuenta de ello y de su compromiso con lo humano. Ya en la dedicatoria nos advierte: “A todas las personas que aman la poesía porque creen en el valor de la palabra y de la cultura para mantener viva la llama de la dignidad humana” Es decir, el libro está dedicado a todos nosotros. Ya en esta primera declaración de intenciones Francisco se desnuda, nos brinda la esencia de su sentir, de su ser, nos pasa el testigo de la llama poética, al igual que lo hacen los deportistas con la llama olímpica que conmemora el robo del fuego para su entrega a la humanidad a los dioses Hefesto y Atenea por parte de Prometeo. En ese lote iban también la sabiduría y las artes. Y Zeus que no se andaba con chiquitas lo encadenó por ello en lo alto de un monte donde un águila le devoraba cada día el hígado. Pero eso son otras historias.

Francisco es un poeta de raíz, poeta de la esencia de lo sublime, del ser humano hecho de andamios de palabras, con la humilde argamasa de la poesía. Yo, cuando leo una dedicatoria así, como la de este libro no paso de página, me quedo ahí un día, o a veces un año, tal vez un siglo; porque, como dice Francisco en su poética: “quiero encontrar refugio/ en lo efímero/ en la fragilidad que nos da sentido”.

Durante la lectura de este poemario, y para esta nota he copiado un buen número de versos que me han llamado la atención y que, por prudencia, y por oírlos de su propia voz voy a limitar al mínimo, aunque no me resista a… “Desplegar las alas como un pájaro llamado NOSOTROS”. El poeta está lleno de preguntas, de pensamientos, de “ecos de respuestas que llevan a otras preguntas” y concluye que todo es más fácil, “Amar la vida con un sueño sencillo:/ el amor al prójimo y a la naturaleza”.  ¿Acaso no está en estos versos gran parte de la esencia de nuestro humano existir?

No hay poeta que no tenga una suerte de dialogo con la muerte. Francisco no lo es menos. En sus poemas, “desde el otro lado”, nos trae la nostalgia, el dolor de la ausencia y hasta el tono exacto del timbre de voz de su madre que se hace “eterno instante”. También él ha pasado por un trance vital que lo ha marcado, por eso una parte del libro está dedicada a los sobrevivientes del cáncer como en el poema titulado: “Reivindico a los que nunca se rindieron” y les dice: “Ellos y ellas/ mantuvieron el brillo de la ilusión en sus ojos/ hasta el último suspiro/ desprendiendo/ amor al traspasar el muro”. En esta especie de ponerse en el lugar del otro, Muñoz Soler se mira en el espejo, se interioriza, intuye lo que hay detrás del reflejo del vidrio, se quita la máscara, se pregunta NO quien es, sino QUÉ es, qué energía lo constituye. Realmente un poeta siempre se pregunta.

Por no hacer esto más largo de lo estrictamente necesario y sabedor de lo que se agradece la brevedad, diré para conocimiento general que el poemario está dividido en 7 capítulos, cada uno con esencia y vida propia. “Buscar con arrojo”, “Horizonte de sucesos”, donde toma conciencia de la brevedad del tiempo. El tercero, “Las máscaras que cargo”, “Ética en tiempos oscuros”, “El arte de la guerra incendia la noche” en el 6º su visión ecologista reclama el cuidado de la tierra e incluye algunas citas de autores muy interesantes, al igual que en el capítulo 7, titulado “Mi vida es un derecho innegociable” que constituye una defensa encarnizada de las mujeres, hasta el punto de que se adueña de su voz para denunciar que todavía muchas mujeres están “cansadas de tener el alma en una jaula…. cansadas de ser mujer, de representar a la ama de casa/ obligatoriamente amorosas y ordenada/ de vivir con la mente en la hoguera”.

Hondura, inspiración, pensamiento, ética, solidez, humanidad y existencialismo son algunos de los vestidos que hay que ponerles a los poemas de Francisco. El florido campo de la poesía tiene en Muñoz Soler un horizonte de palabras donde liban las abejas de la emoción y del pensamiento y dejan en los panales el néctar de las flores que se hacen miel en cada página y que ahuyentan a los zánganos al rincón del olvido. Paco, en cada verso despliega su ingenio, su sensibilidad, su larga y caudalosa agudeza, su peso poético, y lo hace con donaire, frescura y bien decir. En las páginas de “Signo y presencia” palpita la esencia vital de este fecundo autor que hoy nos acompaña, cuyo pasaporte al parnaso tiene, hace ya mucho tiempo, los preceptivos sellos del más puro espíritu poético.

Francisco Muñoz Soler es un hombre leído y eso se transmite en su escritura. De cualquier modo, aunque todos los escritores van por la senda del camino andado por otros, no siempre lo hacen por las mismas pisadas, ni con las mismas vestiduras, ni con los mismos zapatos. Él hace del serrín plata y elocuencia, y en el silencio, pone en jaque a la nada. ¡Qué extraño misterio el de esos seres no menos extraños! Poetas que se visten del humilde habito del silencio para sacar de él, del hondo baúl de las palabras, cerrado con siete llaves, el brillo, al calor y el color que de sentido a nuestra razón de ser.

El artificio de su poesía huye del ornato inútil que, las más de las veces sólo sirve, como los artesonados de oro de las casas, hechos más para la vanidad, que para la necesidad. La palabra nuestra de cada día, la que nos ata, nos cose a ese poso de humanidad que todos albergamos en algún rincón de nuestro interior, allí donde, oculto entre el ramaje de los anhelos de cada uno y de sus circunstancias personales habita uno mismo, con sus sueños y sus fracasos, con sus miedos y sus dudas. Hasta esa profundidad llega la poesía como la de Francisco Muñoz Soler, no para llegar a ninguna parte, sino para encontrase, reencontrarse consigo misma, en otro cuerpo, en otro ser, puede que, en alguno de nosotros, donde ya habitaba desde tiempos inmemoriales.

Parafraseando una cita de Lezama Lima, que el autor incluye, terminaré diciendo que sus poemas celebran el nacimiento de los dioses, ya que su lectura es una fiesta interminable, pues “su canto señala siempre hacia la vida”.

Terminó el acto con la lectura de varios poemas del libro y un interesante debate sobre su sentir poético y respondiendo algunas preguntas del público. Un placer tenerlo entre nosotros.

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FRANCISCO MUÑOZ SOLER

Poeta español con una amplia obra publicada en países como España, Portugal, Italia, México, Suecia, Estados Unidos, India, Cuba, Turquía, Perú, El Salvador, Venezuela, Honduras, ha sido traducido al inglés, sueco, francés, portugués, italiano, ruso, turco, árabe, griego, rumano, macedonio, uzbeko, búlgaro, asamés, bengalí y chino.

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