ALBERTO HERNÁNDEZ, Elocuencia de silencios

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Por Alberto Hernández

1

 Busca el poeta el lugar de origen. Su origen. La savia del sitio donde comenzó todo. Y los

versos, el poema armado como un paisaje, se establecen en silencio, en un único silencio que

la poesía puede albergar como válido.

Tanto se ha dicho del silencio. Tan poco de sus virtudes. O demasiado para silenciarlo. La

poesía, indefinida, suple ese lugar, lo inventa, así como crea el silencio para poder ser. La

ontología de la poesía radica en denotar que es, pero sobre todo connotar el vacío, llenarlo

de significados. Prestarle el silencio del afuera para hacerlo espacio verbal, sintaxis, pausas

que no son silencios.

El silencio es materia tocada. También cuestionarlo.

Todo fluye, así el silencio, acompasado. Metabolizado. Atado a los versos. Dejado un instante

al final de la voz. Y al comienzo porque toda palabra llena de silencio su propia entonación. La

poesía no descarta ser el sonido que ella misma crea: el poeta es sólo un fisgón, el que

manipula el lugar para que el silencio sea. O sean los silencios. Plurales de uno solo.

2

En elocuencia de silencios (Caligrama 2019), de Francisco Muñoz Soler, el tema se mueve en

muchos poemas. Se estacionan un tanto, salta como un cometa más adelante hace cabriolas

entre las palabras. Y entonces aparece la idea del origen.

«El soplo de silencio que Rilke dejó impreso en el papel, en algún cristal donde el clima fue

propicio para emular la fuerza de su origen».

En esa superficie, sobre el liso revelado de la imagen, el silencio. El escritor, Rilke, sirve de

estación para iniciar la puesta en marcha del origen, porque éste es el silencio. De allí se

proviene, y como dice el poeta venezolano Vicente Gerbasi: «Venimos de la noche y hacia la

noche vamos», por eso es válido afirmar que venimos del silencio y hacia el silencio vamos.

Reconvención, indagación acerca del tema que invita a la curiosidad:

«A veces los poetas,/ desde sus incertidumbres,/ tienen la tentación de comprender,/

la condición humana,/ intentando captar ecos,/ elocuciones de silencios,/la irradiación de los

besos,/ infinitos de miradas,/ sin la certeza de la ciencia arqueológica/ capaz de rescatar el

origen de nuestras almas.»

Ensayo ontológico, existencialismo y pasión liberan sus energías en este texto, tan dilemática

en tanto sostenido por la realidad, por esa realidad, por esa realidad más allá de las imágenes

recreadas, metafórica, más reflexivas, cercanas al pensamiento, al que define. Sin el yo.

3

La búsqueda, la porfía del yo por encontrar su sitio, el instante, el clima del origen, del «dónde

vengo».

«Siempre intentando hallar el origen».

Intento que se esgrime con palabras, porque el cuerpo, la armadura física no da para tanto

espíritu escondido. Porque el origen ha dejado de ser ese espacio para convertirse en idea.

Desde esa perspectiva, el que escribe se vierte definición, pero también concepto fijado en una

pregunta: ¿por qué ser poeta?

Arraigado en ese territorio, el poeta «producía silencios elocuentes/que vaciaban de contenido

los sueños de convivencia».

Nuevamente Rilke aparece para afirmar «Hay tumbas que en su silencio/ hablan del mundo» Y

ese mundo, el único mundo sensible, se afinca, precisamente en la porfía del origen que

Muñoz Soler persigue en sus versos y que fortalece con la indicación de que ellos, el (todos),

«tenían la culpa en el origen!, la culpa cristiana basada en la primera desobediencia, en la

desnudez del cuerpo y el desarraigo edénico.

4

El origen, el rincón o la caverna de donde proviene, el primer sonido, el primer pensamiento, la

invención del ánima, y el cosmos como confirmación del nacimiento y de la muerte. El temor a

no estar a no seguir, a no ser producto de la borradura del tiempo:

«Mantener el equilibrio en el espíritu (…) donde mi alma no se consuma/ en el sonido del

miedo y el olvido»

El autor busca una belleza sin límites, despojada de adornos, «pensada» desde la mirada cruda,

«leída» desde los sentidos. «Sentida» desde las palabras.

Wislawa Szymborska aparece y encaja en unas líneas para decir del odio. Y desde cualquier

intromisión ajena, porque se trata de una dedicatoria, la ética, el humanismo como

admonición, consejero.

La poesía de Muñoz Soler no usa dispositivos alegóricos. Se suma a una poética en el que habla

suscita un símil, pero con la intención directa de estar frente al lector.

«Ya la noche se hizo disparo/ tomó cuerpo en su sonido, (…) un acontecer abrupto de

venganza/ un alarido que impacta como un beso…

Otras temáticas, aborda la no violencia, la utopía de la tierra nueva, del paraíso que Milton

tantas veces vio perdido, y por eso pide: «Que el silencio no sea resignación» y como sujeto/

poético el nombre de Roque Dalton, el sacrificado por sus propios compañeros.

Dios es también parte de su voz. Y la memoria, el peso de los recuerdos. Esa acumulación de

experiencias, de silencios compartidos. De venidas e idas en medio de palabras que veces no

se oyen o se convierten en un artefacto para la recreación del poema desde el mismo silencio

y para el silencio.

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FRANCISCO MUÑOZ SOLER

Poeta español con una amplia obra publicada en países como España, Portugal, Italia, México, Suecia, Estados Unidos, India, Cuba, Turquía, Perú, El Salvador, Venezuela, Honduras, ha sido traducido al inglés, sueco, francés, portugués, italiano, ruso, turco, árabe, griego, rumano, macedonio, uzbeko, búlgaro, asamés, bengalí y chino.

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