Francisco Muñoz Soler, el latido cósmico del ser y el estar

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Por Pedro Luis Ibáñez Lérida

                                                                                     pedrolerida@gmail.com

El autor malagueño hiende con su obra las sombras que nos asolan en el umbral del siglo XXI. Y lo hace con la firmeza de encontrar la luz esperanzadora de un nuevo humanismo que nos oriente para transformar la conciencia de nuestro paso por el mundo.

HOMO SUM, humani nihil a me alienum puto, «Nada de lo humano me es ajeno», esta reflexión proviene del personaje Cremes, el anciano ateniense justificando su intromisión en un asunto ajeno, que forma parte de la obra titulada «El verdugo de sí mismo», también conocida como «Heautontimorúmenos» cuyo autor es el dramaturgo romano Publio Terencio El africano, fechada en el año 165 antes de cristo. Si bien bebiendo en la fuente de su antecesor griego Menandro. El eco de este pensamiento ha trascendido en la voz y el tiempo de autores como Cicerón, Séneca o San Agustín. En el mundo contemporáneo y más cercano a nosotros en la literatura española, recordemos a don Miguel de Unamuno y su obra «El sentimiento trágico de la vida», «Homo sum; nihil humani a me alienum puto dijo el cómico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto»; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño».

ESTA MÁXIMA HUMANISTA define y es consustancial a la propia obra poética «Signo y presencia» y al credo de su autor, en su concepción lírica universalista. En suma, la adhesión, unión, interés y solidaridad con todo lo que concierne a la conjugación del ser humano en el yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos.

CRÉANME CUANDO CALIFICO A ESTE DE POETA UNIVERSALISTA. No existe en su personalidad lírica y humana, -y me pregunto ¿Acaso existe distinción entre ambas cuando el signo y la presencia del poeta son un todo? – ninguna connotación relativista. Entendiendo que la raíz del ser humano es una. En ese afianzamiento debemos considerar a este autor que ha visitado latitudes de cuatro continentes, gracias a la capacidad de hermanar a la poesía y su acción militante sin fronteras. Esa prolongación del alma lírica que anuda paisajes humanos y geográficos, le define como caminante infatigable de la senda que nos encuentra, como hoy, aquí, en Sevilla. Señalaba Boris Pasternak, el magnífico autor ruso, en su obra «Doctor Zhivago» vetada por Stalin, que antes de convertirse en secretario general del partido comunista y presidente del consejo de ministros de la Unión Soviética, entre 1942 y 1953, fue seminarista, que «la audacia es la raíz de la belleza». Esta afirmación bien podría definir a nuestro autor con más de una treintena de obras líricas publicadas en Estados Unidos, México, Cuba, El Salvador, Honduras, Venezuela, Perú, Guatemala, India, Turquía, Portugal, Italia y Suecia, y traducidas al inglés, francés, portugués, sueco, italiano, ruso, turco árabe, bengalí, griego, rumano, búlgaro, asamés, macedonio, uzbeko, vietnamita y chino. El universalismo que les refería anteriormente tiene un poderoso influjo en su obra concebida como un abrazo de levedad, en el sentido fraternal, porque lo humano irriga en su poética la búsqueda de la verdad. A modo de pórtico, de frontispicio, nos sitúa en este contexto con el primer poema, «En la ambivalencia de buscar con arrojo / el límite del lenguaje, / un canto de celebración de vida / que converja en la fricción misma de lo inefable / y en ese espacio / encontrar refugio / en lo efímero, / en la fragilidad que nos da sentido». Verdad, sí, para derribar la vanidad y la estulticia que coronan al ser humano en el albor del siglo XXI. Observemos el mundo y la lógica maniquea de los estados que refugia a monstruos y asesina a inocentes; la ley que desahucia a la justicia de su quehacer insobornable, que la ningunea y fortifica el ombligo de los poderosos; la política que sumida en el descrédito más vergonzoso entroniza democráticamente el desatino, la malversación, el delirio y la indecencia; el medioambiente encañonado en la sien por el capitalismo que esquilma los recursos naturales y deshereda a las generaciones futuras. En suma, la contrarrevolución promovida por la negación afianzando posiciones de falsedad frente a la inteligencia sensible en estado de resistencia.

«SIGNO Y PRESENCIA» está dividido en siete capítulos incardinados a la absoluta sencillez. El lenguaje amanece, se hace frescor intenso al romper las costuras que en la actualidad ciñen de simplismo o anecdotario el rigor poético. En el autor malagueño hallamos claridad y profundidad. En la primera, titulada «Buscar con arrojo», establece los principios y la dirección de su mandamiento vivencial: liberarse del andamiaje que nos aquieta y aploma para encarar otros horizontes emprendiendo el vuelo, «Desplegar las alas con el alma transparente». En la segunda, denominada «Horizontes de sucesos», la grandeza de lo menor representa lo esencial que araña la fugacidad de la vida. El amor se transfigura en los seres queridos y ausentes que toman lugar en el alma y la encarnan. La muerte es un rito de vida que fluye incesante en el latido de la evocación y nos hace conciencia de lo que somos: el infinito de los que se marcharon y nos preceden; el infinito que seremos tras sus pasos evanescentes, mientras hacemos de la esperanza el día a día, «La luz de quienes nos dejaron físicamente / alumbra nuestros caminos / y sus voces nos dicen / lo que nunca oímos de ellos, / en las conversaciones más fructíferas». En la tercera, definida como «Las máscaras que cargo», el reconocimiento y la conciencia de ser y estar, la identificación con el desequilibrio permanente, la perseverancia en vivir, a pesar de la mortal condena. Y, sobre todo, la búsqueda de ese primer yo, genuino e inédito para todos, incluso para uno mismo, «En ese camino a tientas / entender de dónde venimos / para comprender / que esas fugaces señales son coordenadas / del paraíso en la derrota». «Ética en tiempos oscuros» es un canto germinal que proclama la dignidad del ser humano y la belleza consciente que nos rodea. La plenitud nos es dada en cada latido, en cada paso, en cada pensamiento, en cada afirmación de perseverar en la luz que nos viste de transparencia. A pesar de la coronada plutocracia como mentora de la ferocidad de lo material, de sus consecuencias ligadas al sufrimiento y el exilio, el fanal encendido en la oscura noche para mantener el espíritu ante la desgracia, «Y entre tanta distracción / quiero escribir una sencilla canción humana / busco un estribillo que genere esperanza, / alejada de la frustración de entender / que está fuera de mi alcance / saber / donde está ubicado el Paraíso». En la quinta parte, «El arte de la guerra incendia la noche», el horror con que viste a los seres humanos la guerra, ese acto social de brutalidad con reglas absurdas, declama el sentido exacto del poeta en su incesante búsqueda, «Intento encontrar, al menos, / un gramo de amor en la tragedia de una guerra / un verso que dé voz a las almas de los inocentes». En «Reconoce a esta tierra que te ha cuidado», epígrafe de la sexta parte, la reflexión afila el filo de la belleza y se consagra a la veneración del medioambiente. Las palabras se deshacen en lluvia alimentadora de la sed y abre el horizonte hacia lo trascendental en diversos lugares donde ha fructificado su ser poético, «Como un mar transparente de luz penetra en mí / convirtiendo la extensión de su centellear / en signos profundos hasta alcanzar mi sagrado intangible». Somos naturaleza, pero nos desentendemos de ella. Es decir, la traicionamos, la lastimamos, le usurpamos el edén y lo convertimos en árido páramo. El afán de sometimiento no posee medida ni significado, solo la cuantía comercial, la mercadería y la ganancia efímera que labra el fin, «Y en un soplo de tiempo, / tan solo la imaginación y la cartografía / nos revelan que ha desaparecido / que estamos destruyendo lo que somos». En el séptimo y último capítulo, «Mi vida es un derecho innegociable», el derecho a ser mujer es una proclama de justicia social, donde la dimensión femenina habla en el corazón insurgente del poeta, «¿Cómo podría detener, de cuajo, tanta podredumbre? / ¡Tanta lagrima congelada en la frialdad de la estadística? / Transformar las cifras en sus nombres / para que resplandezca la luz de sus ojos entre tanto olvido / No es consuelo. / Tal vez cuando la equidad / no sea necesariamente un propósito, / las mujeres dejarán de engrosar cifras / y las recordaremos por la luz única de sus ojos».

FRANCISCO MUÑOZ SOLER, es fedatario, con esta obra humanista y decididamente efervescente de germen librepensador, de la afección que provoca la desorientación actual de la humanidad. Con plena conciencia ejercita la intertextualidad y selecciona el pensamiento poético de otros autores y, sobre todo, autoras para fortificar su convicción. Siempre determinante en valores, como Arnaldo Calveyra, Adrienne Rich, José Lezama de Lima, Julia Uceda, Denise Levertov, Joy Harjo, Margaret Atwood, Lasse Soderberg, Mary Oliver, Marge Pierce, Diane di Prima, Edna St Vicent, Mary Norbert Körte, Lucille Clifton, Carolyn Kizer, Maya Angelou, Anne Sexton, Hette Jones, Joanne Kygher, Erica Jong, Robin Morgan. Son flores silvestres que crecen a la intemperie. Son voces que revelan y se rebelan junto al autor con la proclamación de la claridad. Especialmente significativas las voces de estas mujeres norteamericanas que junto a la autora sevillana Julia Uceda contrastan con la deriva de la república estadounidense representada en la cerrazón «trumpista».

EL VUELO INGRÁVIDO DE LA PALABRA POÉTICA reposa en la fragilidad poderosa de la emoción, pero también en su vitalidad incombustible. La poesía llama a la vida y, con ella, a la meditación de nuestro paso efímero por el mundo. El poeta se hace poetisa, se hace mujer, se transforma en gestación y alumbramiento del devenir, en simiente que despierta a la conciencia de ser y «La vida se abrió ante mí / porque escuché a mi alma, / Una mujer que piensa y además escribe, / siente demasiado para no amar su cuerpo, / no observar las estrellas / o cantar las canciones que le plazcan».

EL SÍMBOLO Y LA EXISTENCIA confluyen en «Signo y presencia», con la invocación de Francisco Muños Soler para revivirnos, para rendir cuentas de lo superfluo y encaminarnos a lo esencial. De ahí esa referencia final al gran renovador del lenguaje poético en el siglo XX. César Vallejo nos advierte en su obra póstuma Poemas humanos (1939): «¡Cuidado con la substancia humana de la poesía!» El fiel de esta balanza se obstina en mantener la justa medida de corporeidad y alegoría. La materia que hace del ser humano que se levante y ande, como al difunto Lázaro por indicación divina. Pero también por la humana. A saber: el lirismo en nuestras vidas es pulsión de la conciencia que nos encamina hacia la soledad sonora de nuestro interior, que ya señalara San Juan de la Cruz en el Cántico espiritual (1578), «la noche sosegada, / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora».

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FRANCISCO MUÑOZ SOLER

Poeta español con una amplia obra publicada en países como España, Portugal, Italia, México, Suecia, Estados Unidos, India, Cuba, Turquía, Perú, El Salvador, Venezuela, Honduras, ha sido traducido al inglés, sueco, francés, portugués, italiano, ruso, turco, árabe, griego, rumano, macedonio, uzbeko, búlgaro, asamés, bengalí y chino.

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